Para esta primera historia me quiero remontar unos años atrás, cuando Handy y yo nos aventuramos por primera vez a salir de México. Hasta entonces, solo habíamos viajado juntos dentro del país, a Guadalajara y Puerto Vallarta, pero esta vez, elegimos Chicago como nuestro primer destino internacional.
El día del viaje estábamos llenos de emoción y nervios. Teníamos todo listo, nuestro pasaporte, la visa, las maletas ya documentadas. Era una mañana cálida en el aeropuerto de la Ciudad de México que fue opacada porque nos tocó ir en asientos diferentes, aunque a mi me tocó estar con una persona que recuerdo tenía un gran parecido a Ned Flanders de Los Simpson, bastante agradable, por varios minutos intentó hablar conmigo, pero mi nulo inglés dificultó por completo la comunicación.
Después de un vuelo de aproximadamente cuatro horas, aterrizamos en el Aeropuerto Internacional O’Hare de Chicago. ¡Por fin pisábamos suelo extranjero! Tuvieron que pasar casi 30 años de mi vida para pisar suelo en otro país. La emoción nos invadía por completo pensando en todo lo que veríamos: el «Frijol», los rascacielos, el planetario, etc., sin embargo, apenas estábamos bajando del avión, y aún, aún faltaba algo muy importante, pasar el filtro de los agentes de inmigración.
Sabíamos que nos entrevistarían y que nos revisarían nuestra documentación, pero la realidad es que no le dimos importancia, no pretendíamos quedarnos en Estados Unidos, solo íbamos de turismo a dejar nuestros ahorros en aquel lugar, así que no había nada de que preocuparse. Caminamos por los pasillos del aeropuerto, siguiendo a la multitud que se aglomeraba en la fila para la revisión de documentos. La espera fue larga, más de dos horas, y la emoción inicial se estaba convirtiendo en impaciencia, tratábamos de no darle tanta importancia a la espera, ya estábamos en Chicago, ¿qué podría salir mal?
Finalmente, un oficial nos levanta la mano haciéndonos saber que era nuestro turno, tomamos nuestras maletas, caminamos unos cuantos pasos y llegamos con la agente, una mujer en sus 50’s, aún la recuerdo muy bien, cabello rizado y canoso, ¡lucía genial! En contraste con esa gran cabellera la expresión de su cara era de fastidio. Nosotros muy tranquilos llegamos con ella y saludamos.
John (en español): ¡Buenos días!
La agente empezó a hablarnos en inglés. Hago un paréntesis en este punto, se preguntarán si sabíamos hablar inglés, al final íbamos a un país de habla inglesa, la respuesta es no, cero. Entre más hablaba la agente menos entendíamos. Los nervios empezaron a aparecer. Sin saber lo que decía nos limitamos a entregarle nuestros pasaportes y visas, las revisó, acto seguido siguió hablándonos en inglés.
John (nervioso, en español): Discúlpenos oficial, no hablamos inglés, no entendemos lo que nos dice.
La agente, que ya parecía molesta, se mostró aún más irritada al ver que no podíamos comunicarnos. En mi mente de viajero inexperto, asumí que, habiendo tantos latinos en Estados Unidos nos tocaría o habría alguien que nos pudiera atender en español. Después de varios intentos fallidos de diálogo, levantó la mano y llamó a otro agente.
El nuevo agente, un hombre de mediana edad, se acercó y nos saludó con una sonrisa.
Nuevo Agente (en español): Hola muchachos, ¿cómo están?
Nos sentimos aliviados, por fin podía entender lo que me estaban diciendo.
John: Bien, gracias. Estamos un poco confundidos porque no hablamos inglés, y ha sido difícil comunicarnos.
Nuevo Agente (con un tono muy amable): No se preocupen, lo que mi compañera necesita saber es dónde se hospedarán y cuándo regresarán a su país de origen.
De inmediato le mostramos el ticket de regreso y la reserva ya pagada del Hotel Hilton que se encuentra dentro del aeropuerto.
Nuevo Agente: Ok muchachos, estarán una noche en el Hilton, ¿y las demás noches dónde estarán?
John: No tenemos aún hotel reservado para las siguientes noches, tenemos tres opciones, pero queremos ver las ubicaciones para saber cuál es nuestra mejor opción.
Ya se imaginarán que el agente se quedó completamente sorprendido, y es que, en efecto, no teníamos reservación de hotel, mas que de una sola noche. De acuerdo con nuestros planes, consideramos que preferíamos visitar nuestras opciones de hotel para conocer su ubicación, y dependiendo de eso, decidiríamos en cual quedarnos.
El agente de inmediato tomó una postura de duda. Empezó a llenarnos de preguntas: «¿Conocen a alguien en Chicago? ¿Por qué no previnieron sus reservas de hotel? ¿Irán a ver cada hotel cargando sus maletas? ¿Tienen intenciones de quedarse en territorio americano? ¿Turistas? ¿Qué lugares van a visitar? ¿Qué pretenden hacer en la ciudad?”.
Pasaron más de 20 minutos dialogando con el agente, en esos momentos nos sentíamos además de aturdidos, muy temerosos con la idea de que no nos dejaran ingresar, la inexperiencia del primer viaje fuera de nuestro país nos estaba pasando factura.
Handy se notaba ya resignada pensando que nos regresarían a México, en mi caso, se escondía un dejo de ilusión y esperanza muy en el fondo de mi ser. Nuestras respuestas a los cuestionamientos siempre fueron honestas y directas, lo que considero que ellos podían notarlo, tanto el agente con el que platicábamos, como la agente mujer que siempre estuvo presente en todo momento.
Las preguntas seguían.
Nuevo Agente: ¿En que trabajan?
Handy: Somos Ingenieros en Tecnologías de la Información
Nuevo Agente: ¿Traen la credencial de su trabajo?
John/Handy: ¡Claro! Aquí las tenemos
Nuevo Agente: ¿Me las pueden mostrar?
Sacamos las credenciales y las mostramos, el semblante del agente cambio por completo de la duda a la ternura.
Finalmente, en unas palabras más de preocupación por nuestra integridad que por otra cosa, nos dio algunas recomendaciones.
Nuevo Agente: Muchachos, la ciudad de Chicago es muy grande, no salgan de la ciudad ni de las zonas turísticas, no vayan a los suburbios, no toda la ciudad es segura, si no saben algo, mejor pregunten con personal del hotel antes de hacer cualquier actividad, y una última cosa, ¡suerte con la búsqueda de su hotel y bienvenidos a Chicago!
Entregó los documentos a la agente visiblemente malhumorada, selló nuestros pasaportes y los aventó en la barra de su cubículo. No nos importó, ya estábamos oficialmente ingresando a tierras extranjeras.